No, no lo estamos insultando. Solo estamos parafraseando la frase de Bill Clinton que se transformó en uno de los ejes de su campaña presidencial en 1992, permitiéndole derrotar a George Bush padre, que en las primeras etapas parecía invencible.

Postulamos  aplicar la misma lógica a otro rival, también difícil de vencer en nuestro país, como es el deteriorado ambiente ético imperante.

Como es sabido, la Ley de Responsabilidad Penal de las Personas Jurídicas o Empresas inicialmente contemplaba los delitos de financiamiento del terrorismo, cohecho y lavado de activos, incorporando a posteriori, la receptación de bienes. A fines del 2018 tuvo una nueva modificación mediante la cual se sumaron los delitos relacionados con corrupción entre privados de:

  1. Negociación incompatible (artículo 240 del Código Penal)
  2. Corrupción entre privados (artículos 287 bis y 287 ter del Código Penal)
  3. Apropiación indebida (artículo 470 N°1 del Código Penal)
  4. Administración desleal (artículo 470 N°11 del Código Penal)

Esta modificación debería hacer recapacitar a los directores y gerentes de empresas y considerar que ya no es suficiente actualizar sus Modelos de Prevención de Delitos y ajustarlos sólo formalmente a la Ley, sino que éstos deben incorporarse de forma que agreguen realmente valor a la gestión integral de riesgos de la entidad.

El Ethos de nuestro país lleva años en picada, o al menos así lo percibe la mayoría de la ciudadanía. La crisis de confianza en las instituciones tanto públicas como privadas, las noticias que a diario vemos de corrupción, tráfico de influencias, colusión, y un largo etc., han afectado profundamente la confianza y el ambiente de negocios, así como el comportamiento de cada uno de nosotros.

Y es en este ambiente donde la generación de Modelos de Prevención de Delitos “por cumplir”, en la práctica no tienen gran efecto. ¿Una prueba? La mayoría de las empresas que públicamente han aceptado haber financiado ilegalmente campañas políticas, o que se han coludido en desmedro del consumidor, tenían Modelos de Prevención de Delitos…y la mayoría, certificados por externos.

Entonces, ante esto resulta ineficaz la mera modelación de los riesgos de comisión de delitos, la instalación de controles y la publicación de códigos, políticas, que finalmente han resultado ser en parte, letra muerta.

El desarrollo ético de las empresas, partiendo siempre desde la alta administración, es lo que permitirá recuperar la confianza e implementar Modelos de Prevención de Delitos que tengan real efecto en la protección de las operaciones de las empresas y su reputación.

Este desarrollo parte por el continuo cuestionamiento de las prácticas, que amparadas en la cultura organizacional, a veces son perniciosas para el ambiente de control. La forma en que se realizan los tratos, la forma en que se trata a los colaboradores, entre otros, termina teniendo impacto en los ambientes de control, y aleja la posibilidad de una real prevención de conductas ilícitas, sean éstas constitutivas o no de delito.

La Administración de las Empresas debe preocuparse de la continua recordación de los valores sobre los cuales está asentado cada negocio, capacitar a sus trabajadores para que sepan lo que pueden o no hacer, y cuáles son sus deberes y responsabilidades. Contar con canales efectivos de denuncia, que aseguren la confidencialidad y objetividad en las potenciales investigaciones que deban realizarse. Levantar riesgos desde una óptica operacional y estratégica, considerando el impacto que puedan tener en la reputación, en el ambiente de negocios, y finalmente, en el resultado, si es que se deja un cabo sin atar.

Nuestra experiencia nos permite asegurar que el cumplimiento “solo por cumplir” no agrega valor, sino que entrega una falsa sensación de seguridad, que a la larga, deviene en pérdidas de valor para la empresa.

Es la ética la columna sobre la cual deben sostenerse las acciones individuales, las estructuras de control y la gestión de riesgos.

Es la ética, entendida como la reflexión continua sobre lo bueno y lo malo, la que permitirá que volvamos a confiar en lo que hacemos, en quienes son nuestros colaboradores, en quienes son nuestra contraparte en los negocios que llevamos adelante, a quienes dirigimos nuestros productos y servicios.

No se ofenda, pero quizás si logramos entender que “¡es la ética, estúpido!”, podremos derrotar a ese contrincante que, de otra forma pareciera ser invencible.

David Poyanco A.
Gerente de Cumplimiento y Riesgos Corporativos.
Aptitude Consultores.